September is Pediatric Cancer Month. Gold is its color. Isabel Song is a true inspiration. Read her story: http://t.co/eU5ch7NGnI···
— Taylor Swift (@taylorswift13) September 14, 2013
¿POR QUÉ DEDICO MI VIDA AL CÁNCER INFANTIL?
Os resultaría muy difícil encontrar a alguien cuya historia en la búsqueda de una vida dedicada a la oncología pediátrica (cáncer infantil) empieza con Taylor Swift. Bien, enhorabuena. Esa persona soy yo.
Todo empezó con una canción: "Ronan". Cuando Taylor lanzó esta desoladora canción sobre un chico que murió de cáncer antes de que ni siquiera pudiera cumplir los cuatro años, cuando la cantó en directo para Stand Up to Cancer, lloré. Taylor lloró. Todo el mundo lloró. Después de haber escuchado la canción unas cuantas veces, me di cuenta de que no podía pasar del tema. Tenía que informarme más sobre la historia de Ronan.
Estuve llorando durante toda la semana leyendo las entradas en el blog que su madre escribió. Eran lágrimas pequeñas y controladas. No dejaba de llorar, como cataratas salieron de mis ojos hinchados y rojos. Cuando supe de su historia y de la de su familia, seguí buscando imágenes de ese precioso niño con los ojos azules más maravillosos que he visto nunca. Mi corazón se rompió por diez.
La de Ronan no fue la primera historia de cáncer infantil que había leído o de la que había escuchado, pero sí fue la que más me impactó. Su historia fue la primera en la que me introduje completamente. Además, él fue el primer niño que supe que había muerto de cáncer infantil. Pronto, sentí que les conocía, a él y a su familia, sobre todo a su mamá. Me atrajeron, y Ronan llegó a un profundo y abominable lugar de mi corazón. Gracias a Ro, empecé a ver el mundo de una manera diferente.
En algún momento, lo supe. Había solo una forma de que pudiera seguir con mi vida después de leer la historia de Ronan, después de enamorarse de él y de conocer todo el dolor que él y su familia soportaron antes y después de su muerte.
Supe que de ninguna manera podía quedarme de brazos cruzados mientras veía cómo cientos de estrellas brillantes morían cada año, siendo arrancados de su familia y amigos. No sería capaz de vivir conmigo misma si no hacía algo. Fue entonces cuando me di cuenta de que hubo una razón por la que me sentó obligada a leer su historia. Creo que hay una razón por la que Ronan entró a mi vida justo entonces, cuando por primera vez en mi vida estaba perdida y necesitaba orientación hacia mi futuro. Hay una razón por la que el tiempo se alineó a la perfección. Creo que Ronan entró a mi vida para poder salvar a otros niños con cáncer.
Llamadme chiflada. Llamadme loca. Reíros de mí. Me estoy dando cuenta de que parece ridícula la idea de llevar a cabo tu verdadera vocación por un niño al que nunca conociste. Me parece una locura para mí también, pero no podía ignorar la sensación tan profunda de que eso era lo que se suponía que debía hacer. No podía ignorar el trascendental y alucinante descubrimiento de cambiar el mundo que tuve. Es una especie de descubrimiento que te rodea y te abruma con esta fuerte y sobrecogedora toma de conciencia. Algo de lo que no puedes pasar. Algo que no puedes negar. Descubrir mi futura lucha contra el cáncer infantil fue la toma de conciencia más fuerte que nunca tuve. El único momento que se acercó a ser la millonésima parte de ese sentimiento fue cuando sostuve un cerebro humano real durante un viaje de campo durante un curso de Psicología.
Cuando le cuento a la gente que voy a estudiar Oncología Pediátrica (y después les explico lo que significa "oncología"), casi todos me miran igual. Es el mismo tipo de mirada siempre. A veces es fugaz, y a veces dura más. La mirada tiene una punzada de tristeza, algo de piedad, y algo de una emoción que no puedo nombrar. También hay una incapacidad para comprender por qué me gustaría hacer algo que conlleva una gran angustia emocional. Esa mirada me frustra como ninguna otra cosa en el mundo. Al mismo tiempo, me motiva casi tanto como los propios niños. ¿Por qué? Porque nada me gustaría más que hacer historia esa mirada, para poder ayudar a encontrar una manera de que estos niños dejen de morir. No más miradas de lástima y compasión, o al menos no por el cáncer infantil. No más muertes de cáncer infantil. Más tratamientos efectivos que perjudiquen solo al tumor - y no al niño. Tasas de supervivencia más altas. Ése es mi sueño.
Hay otra razón por la que esa mirada me frustra, y es que fácilmente revela la actitud de la gente ante dedicarse a la Oncología Pediátrica. No quieren enamorarse de los niños para que luego sean arrancados. Es una profesión dura y exigente, y es emocionalmente agotadora. No mucha gente quiere enfrentarse a este desafío; temen a la muerte. Yo soy lo suficientemente joven y, supongo, poco materialista como para no temer también. Además, soy el tipo de persona emocionalmente sensible -lloro cuando veo por decimoséptima vez una película de Nicholas Sparks y lloro cuando leo una historia sobre cáncer infantil- A veces me pregunto si alguna vez voy a estar emocionalmente preparada, si ese trabajo va a acabar comiéndome el alma. Tengo miedo lo que sucederá si no me puedo convertir en el médico que esos niños necesitan que sea. Pero no voy a dejar que el miedo al fracaso me detenga, y sé que incluso sin tener lo que se necesite para ser un médico fuerte y valiente, al menos voy a ayudar a acabar con el cáncer infantil, desarrollando tratamiento mejores y más efectivos, estudiando cómo funcionan los cánceres, y demás. Siempre hay alguna manera de ayudar.
Los cínicos se reirán y se burlarán de mí. Los cínicos podrían hacerme creer que no hay forma de que pueda cambiar la cara del cáncer infantil y revolucionar la manera de luchar con él. No hay forma de que una alumna de secundaria un día pueda impactar en la Oncología Pediátrica. Se equivocan. Hay un motivo por el que trabajo duro en la escuela, por el que doy las clases más difíciles que hay disponibles, por el que he hecho cinco cursos este año y por el que puedo garantizar que tendré un futuro brillante lleno de oportunidades. Y es porque hay una oportunidad. Siempre hay una oportunidad. Solo se necesita a una persona para marcar la diferencia. Si pudiera tener un impacto en un solo niño, si salvara al menos una vida, se lo enseñaría al mundo. Nada puede interponerse en mi camino, y nadie me puede detener de llegar a mis sueños. Y si cualquier éxito que alcance en cuanto a la lucha contra el cáncer infantil beneficia a otros cánceres, entonces mucho mejor.
Septiembre es el mes del cáncer infantil y la cinta de oro es otro de los símbolos del cáncer infantil. No muchas personas saben del cáncer infantil, y no hay muchas personas que quieran hacer algo al respecto. Solo quiero pediros una cosa este año. Por favor, ayudad a que la gente sea consciente del cáncer infantil. Gritadlo al mundo. Poneros cintas y cosas de color dorado. Que el mundo sepa lo que está pasando con las estrellas brillantes del futuro. Enseñad a todo el mundo que el cáncer infantil sí que existe, y que no podemos, como la sociedad que somos, ignorar las luchas que miles de familias han luchado y siguen luchando. Cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo cuenta. Los bebés que son diagnosticados al nacer, los niños que mueren apenas cinco días después de su diagnóstico, los que valientemente pasan por años que mucho adultos ni siquiera se pueden imaginar - necesitan toda la ayuda que puedan conseguir.
Pase lo que pase, una cosa está clara: tengo que ayudar a acabar con el cáncer infantil. No importa cómo lo haga, con tal de ayudar a curar los cánceres que afectan a todos esos preciosos niños. Tengo que ayudar a darle la vuelta la situación para que esa gente no tenga esa mirada en sus ojos cuando ellos escuchan las palabras "cáncer infantil". Aún me queda mucho por descubrir, sin embargo, y tengo un largo camino por recorrer. Es una batalla cuesta arriba. Pero pase lo que pase, siempre tendré que dar las gracias a Ronan por ayudarme a descubrir mi gran meta y por ayudarme a salvar a niños como él en el futuro. Siempre tendré que dar las gracias a Ronan por llegarme al corazón y por cambiarme tanto la vida.
Siempre tendré que dar las gracias a Ronan por todo.
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